Posts Tagged ‘el concepto’

El Fedón: la realidad de lo dominante

octubre 7, 2009

La pregunta por el motivo que nos lleva a juntarnos puede desplazarse a otra, ¿qué ocurre cuando nos juntamos?. Aquí quizás sea inetivable aludir a la aparición de un orden. Cuando nos juntamos la coordinación o descordinación es el resultado de ordenes que logran extenderse al grupo o que por lo contrario, no logran hacerlo. Desde esta perspectiva, cabe preguntarse por lo que ocurre en el diálogo platónico dle Fedón. ¿Qué ocurre la última tarde de la vida de Sócrates? (more…)

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Nietzsche: el hombre conceptual

agosto 25, 2009

Con el concepto se deja de sentir pero se gana en control, no sólo de uno mismo sino también de los otros. Se produce un vacío de sentimientos, por ejemplo, de los impulsos que te llevan a correr de un lado para otro con prisas.

Cuando me desperté, las palabras todavía seguían allí

abril 27, 2009

Birlanga decía, el problema al despertarse no es qué hice anoche, sino, qué estoy haciendo ahora. Y es así, efectívamente. Despertarse es entrar en las palabras, mientras que uno cuando duerme o cuando sale de fiesta está entregado a una creación del mundo impulsiva o está excitado por la música. Por la mañana, sin embargo, uno tiene que entrar en la palabra. La sensación es parecida a esas rampas planas que hay en los aeropuertos que desplazan a uno más rápido por los pasillos, cuando llega al final tiene que volver a ese paso tan lento de las piernas.

Nietzsche como concepto

febrero 20, 2009

Una lectura de nietzsche sólo puede ser la primera.esa incomprensión,esa falta de sentido es la lectura aconceptual de nietzsche.después uno puede leer a nietzsche sin resfriappd:lo ha convertido en concepto lo ha memorizadm y ahora lo recuerda.lo ve venir y uno sabe ponerse a cubierto.después de la primera lectura uno está dispuesto a quitar intensidad a nietzsche.lo le de memoria.lo sepulta bajo el esquema de un concepto de forma que pueda vivir con él.

musica y palabra

febrero 8, 2009

en la música uno puede realmente conocer su fondo. puede identificar una u otra figura de su interior. Y puede hacerlo porque la música es incontestable. muestra el fondo como tal y a él no hay nada que replicar. no hay contestación porque la música no está orquestada como comunicación sino como conocimiento. Las palabras, en cambio, al usarlas, siempre cabe descubrir en ellas un interés. Es dificil hablar y desprenderse de la sensación de que uno está buscando algún tipo de reacción, de efecto, de fin. Cuando uno habla siempre las palabras son dichas en relación con un fin que nunca entra en las propias palabras; un fin externo a ellas. Las palabras están preparadas para la comunicación, esto es, para la dominación. Aunque uno escriba o hable solo, orquesta en el discurso intereses que no pueden ser dichos. La música, al no permitir una respuesta, al no estar preparada para la comunicación, sólo puede mostrar. 

la unidad de la imagen onírica

enero 18, 2009

El vigor del contenido del sueño, que se pierde en cuanto despertamos
y entramos en la palabra (esto sólo se puede entender al despertar de
un sueño) ser recupera, por ejemplo en el ejercicio físico. Pero
entonces es un vigor ciego, que no está dirigido hacia ninguna parte.
Mientras que en la imagen ese vigor tiene una unidad, cuando uno es
impulsivo o hace un gran esfuerzo físico, siente esa fuerza, pero
descontrolada, esto es, uno siente como es desbordado por ella. No la
puede sentir ya bajo ninguna forma.

el sueño y las palabras

enero 18, 2009

En el sueño uno piensa con imágenes. Algo así como una experiencia
inmediata de la voluntad; como en la música. Cuando uno se despierta,
tiene que abandonarlas. Se queda con una forma tenue de ellas, pero
sin su contenido. Se queda con algo así como la superficie de la
imagen. La palabra tiene una parte de la imagen, pero no capta la
sensación que esta produce.
Al entrar en la palabra, uno tiene que dejar algo de sí, tiene que
renunciar a cierta comprensión para quedarse en la superficie.
Y en esta extrañeza respecto de sí mismo, debe tratar con los demás.

Nietzsche: el consenso del concepto

noviembre 24, 2008

Uno puede va por la calle y se fija en alguien, una mirada, un gesto, algo capta la atención. Yo entiendo que esto es a lo que Nietzsche se refiere por intuición. Un deseo repentino, como un relámpago. A veces más fuerte, a veces menos. La atención de uno gira hacia ello con más o menos interés. Entonces, uno puede perseguirlo, querer tenerlo aquí y ahora, o puede reservarse. Lo primero sería lo que Nietzsche llama el hombre intuitivo. Uno se acerca y actua. No hay apenas meditación, es inmediato. ¿Qué ocurre con esto? Que uno se puede quedar sin su objeto intuido, puede ser reprendido, o quizás no. Nietzsche dice que el hombre intuitivo “sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez con la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo”. Por otro lado, uno al encontrar eso que le ha interesado, puede mantener una distancia. Esperar un poco, mirarlo un poco más, pensar con algún detenimiento qué es lo que le gusta, mostrarse entero, en definitiva, uno puede fingir. Es una forma de autocontrol que permite calcular la respuesta, ordenarla, acompasarla con las normas sociales, con la contención del entorno. Con esto, el hombre estoico, tal como lo llama Nietzsche, no hace sino convertir esa primera intuición de algo que le atraía, esa mirada, en algo que no necesita ser actuado con inmediatez. Hay una pausa, una tregua que permite preparar la reacción. Ésta por tanto tomará una cierta forma de consenso. Se prepara teniendo en cuenta otras cuestiones, minimizando quizás las molestias, buscando emanciparse del engaño, tratando de protegerse de las incursiones seductoras. En definitiva, el impulso inicial que llamaba a ser actuado inmediatamente es convertido en un concepto. Y esto ocurre según un consenso, según un cierto fingimiento, pues lo que ahora se actúa nada tiene que ver con la inmediatez primera. Construida tal estructura, se olvidaría lo original, aquel impulso que llamaba a la inmediatez. El concepto no sería sino el pacto que permitiría olvidar, enterrar el impulso. Tal concepto no sería entonces una relación con la que originalmente resultó interesante, seductor, sino más bien con todo el resto tranquilo del mundo. Se pierde en intensidad, se gana en estabilidad. Pero esto no es más que un consenso, un juego de fuerzas. Una huida y un miedo del impulso. Donde hay concepto, hubo temor.

Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

noviembre 2, 2008

RESUMEN: El hombre conceptual es un actor que ha olvidado su mentira; vive en el concepto. Volviendo a Kant, parece posible que este hombre estoico sea el resultado del entendimiento propiamente humano que elabora conceptos. Pero el hombre impulsivo, ¿cómo situarlo en el esquema kantiano? Pudiera parecer que al apartarse de los conceptos tratase de volver hacia la cosa en sí. Recordemos como para Kant los intentos de ir más allá de los sentidos eran infrucutosos y… eran los de la teología. Claro que estos intentos eran conceptuales. Lo que Niezsche se propone es llegar hasta la cosa en sí, como la teología, pero sin emplear los conceptos.

x x x

Nietzsche le da la vuelta al guante kantiano. Ciñendose a la suave superficie se atreve a mirar dentro donde el guante es no liso sino peludo, y entonces se pregunta, ¿cómo ha ocurrido el tránsito de ese interior peludo a esa superficie lisa? Pues bien, Nietzsche comienza por el lenguaje: “¿concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las cosas?”.

Para Nietsche el lenguaje es producido mediante una doble operación. En primer lugar el impulso nervioso (no la realidad, la cosa) es convertida en imagen, y después, esta transformada en palabra. Las palabras ya de por sí no se refieren a la realidad sino a los sentidos (esto es ya kant y el fenómeno). Y ocurre de una manera salvaje, eléctrica. Esto sin embargo es remediado, pues para Nietzsche el hombre detesta este estado y rápidamente establece sobre estas palabras repeticiones, esquemas que olvidan su causalidad eléctrica inicial independizandose de ellas. Los conceptos son así pues la independencia del estimulo inicial que formaba el lenguaje. Frente a la espídica e instintiva correinte eléctrica el hombre instituye un edificio de conceptos que nada tienen que ver con este momento inicial del lenguaje.

Así los conceptos son una generalización que nada tiene que ver con el momento inicial del lengujae. Generalización es un caso que vale para todos pero que no es ninguno de ellos. Entonces el concepto es olvido del origen (o primer estadio, que era un estadio impulsico). La verdad aflora entonces como el convenio, el acuerdo por el uso (y aquí podrá entrar Foucault: el uso es enfrentamiento, la verdad nace de la centella entre dos espadas que se golpean, entre dos espadas en uso) y el acuerdo de olvidar un origen hace posible que surja la verdad. Una verdad que en cualquier caso nada tiene que ver con la verrdad de la cosa en si.

Donde Nietzsche apunta es a la dificultad de paso entre la cosa en si y la construcción del hombre. Tal vecindad entre el hombre y el mundo no hace sino poner al hombre en el lado de la mentira. Se pone de acuerdo sobre algo que no es el mundo y lo toma como si lo fuera. Es decir, a sus conceptos pétreos, que han quedado desligados de una verdadera realidad que es impulsiva eléctrica y agitada, los utiliza por convenio para construir una verdad acordada. Este acuerdo no es, de esta forma, sino una mentira cimentada sobre un magma inestable.

Pero la raiz de todo esto está en el punto en que recuerda Nietzsche de Kant: sólo conocemos de la cosa aquello que previamente hemos puesto en ella. Esto quiere decir, que desde la verdad de la cosa en si hasta la verdad del hombre no hay ningún tránsito sino más bien una ocultación. La verdad por convenio del hombre es lo que previamente ha puesto en el objeto y no nada perteneciente al propio objeto. Volviendo al guante, Nietzsche no hace sino revelar que no hay ningún paso del interior peludo del guante al exterior liso y brillante. Lo único que se ha hecho es aplicar el barniz sobre superficie que ha aplastado todas las vellosidades. El barniz no es humano, sino todo lo contrario. Todo lo más humano que se puede ser son los pelos del interior.

La idea kantiana de un entendimieno a priori, independiente de la experiencia, sirve a Nietzsche para denunciar una verdad igualmente independiente de la cosa en sí. Pero Kant, nunca defendió una verdad de la propia cosa en sí. Incluso, la fórmula de la verdad que opera en Kant puede entenderse como verdad pública, es decir, una verdad universal. Tal generalidad no la adquiriria sino por una fórmula ética, la del imperativo categórica. La verdad, como el deber, debe ser aquella que sea universal, válida para toda la humanidad. La denuncia de Nietzsche no hace sino hacer de esta posibilidad de convenio una enorme ofensa. ¿Contra quién? Contra un supuesto hombre original, anterior al entendimiento, hombre “tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad que se desgañita y no encuentra consuelo”, entregado al devenir, a la irracionalidad, al sufrimiento, y por todo ello, a una verdad igualmente original, la de la intuición. Todo esto no es sino una añoranza de una relación directa con la cosa en sí anterior quizás a la prohibición que Kant instituyera. Nietzsche no haría sino reclamar la viviencia, como post-kantiano, lo que Kant prohibió conocer a la teología. El proyecto Kantiano, propio del hombre, estaría preñado de una humanidad detestable. Sólo volviendo atrás avanzando hacia la cosa en sí es posible encontrar al hombre. En la distinción kantiana, el filósofo de Konisberg asigna al hombre la dirección marcada por el entendimiento. Nietzsche no hace sino invertir la flecha y señalar todo producto del entendimiento, que le es absolutamente propio, no es sino contaminación para sí mismo. El verdadero hombre está en la otra dirección, en el avance hacia la cosa en sí, es decir, en la huida del propio entendimiento.