La retórica de la pulsión

Un primer acercamiento a la noción de pulsión puede hacerse, y este ha sido mi caso, desde disciplinas como el psicoanálisis cuyas raices pueden buscarse en la Voluntad de Schopenhauer. En tal caso se reserva en el sujeto un espacio desconocido al cual la conciencia no puede acceder; es el inconsciente y de él nada podemos comprender. Los mecanismos de la conciencia simplemente no funcionan en este ámbito. Los impulsos son entonces las fuerzas incognoscibles que laten en este miasma.

Este tipo de análisis explica por ejemplo lo que le pasa a alguien con quien nos cruzamos por la calle. Su mirada se cruza con nosotros y nos observa. Esta mirada sexual está motivada por fuerzas inconscientes que llamamos pulsiones. Como una parte del habla es consciente, cuando alguien nos mira de esta forma podemos decir que no tiene habla, o que tiene un habla inconsciente. Freud dice que la pulsión es muda. Desde el inconsciente uno no se puede entender fácilmente con quien está consciente. Si ese con el que nos hemos cruzado hablase, hablaría más bien como Nacho Vidal en una de sus películas. No es que no tenga habla, sino que su habla es algo particular y, sobre todo, incompatible con determinadas lógicas conscientes. Quizás hablar asi sea como contar chistes en un funeral.

Hay sin embargo algo de este modelo que no funciona bien. Las pulsiones son entendidas como algo oculto, velado. Hay en el diván un proceso de desvelamiento, como si estas fuerzas ocultas se hicieran visibles, conscientes a través del habla. Contra este modelo de ocultación, cabe proponer otro. Foucault en La verdad y las formas jurídicas, en las últimas páginas donde conversa con la audiencia para la que dictó sus conferencias, habla de la aproximación de Deleuze al diván: no se trata de un proceso de desvelamiento sino más bien un juego, una lucha donde el analizado y el analista luchan por imponerse y donde este último juega con una ventaja que es cierto silencio estratégico. Se trataría entonces de seguir a Nietzsche y su propuesta según la cual la verdad es como la chispa en el choque de dos espadas. No hay desvelamiento de nada, la verdad ocurre cuando las superficies metálicas de dos cuerpos chocan. Analista y analizado luchando por imponerse en ese cuarto, un duelo al que se retiran uno y otro, y dónde uno cuenta con una ventaja y otro paga por ello.

En esta dirección, entendiendo todo de una forma más superficial (no más pija), sin apuntar a entidades ocultas que se desvelan, podemos tratar de comprender qué es una pulsión. Desde luego, quizás la cuestión más urgente es referirnos a ella como construida según ciertas figuras retóricas. ¿Qué tropos construyen el habla de quien es impulsivo? Ya hemos hablado aquí de cómo podemos comprender los diferentes roles, el padre, el profesor, el alumno, el hijo, el amigo, el novio, la novia, el policía, el político, el espectador del museo y, podemos añadir, el traidor, como figuras atravesadas por ciertas formas de hablar, por ciertas figuras retóricas que definen una posición respecto a aquello de lo que hablan, en última instancia, una posición respecto a los signos. Pues bien, ¿cuales son los tropos propios de la pulsión?. Podemos resumirlo todo a la siguiente fórmula: quien vive de manera pulsional no puede referirse a la totalidad sino solo a la parte, toma la parte por el todo. No se trata de ninguna desvelación, es otra cosa, una manera de referirse al mundo. Una vez definida la totalidad como el sujeto que habla (podríamos añadir alguna cuestión más, pero básicamente podemos reducir al sujeto al ser parlante), el impulsivo es aquel que no puede relacionarse con esta parte entera porque trata sólo con una parte de él o de ella. El impulsivo no es mudo como dice Freud, sino que, guardando algo de prudencia prefiere no hablar porque si lo hace va a quedar fuera de lugar. El habla más cercana al habla de la pulsión es el habla del porno. Si que es posible hablar, pero de aquella manera. Y la prueba de que es posible hablar es que cuando dos impulsivos se juntan, pueden hablar. Como dice Sade, dame una parte de tí que te daré otra de mí. Es el acuerdo inicial para que funcione el habla impulsiva: que el otro también lo sea, que el otro nos tome por una parte y no nos considere como un todo. Solo queremos una parte del otro y sólo podemos hablar con quien quiera una parte de nosotros. De otra forma, tendremos que permanencer mudos. La pulsión no trata del develamiento de ninguna fuerza. Si acaso, es únicamente un tipo de retórica lo que se esconde, lo que no se permite. Contra todo lo que pudiera pensarse, la pulsión es un tipo de habla muy particular, un ejercicio literario poco tolerado.

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