El fútbol y el deseo del otro

Al terreno de juego se llega con ideas de todo lo que uno hacer, de todo lo que uno sabe y de lo que espera del contrario. A la manera del falsacionismo, podemos decir que uno entra en el campo con una teoría con el reto de someterla a prueba. Sus prejuicios serán adecuados si sirven para el partido. Este procedimiento se parece bastante a los coches de choque, pues uno podría estar probando y probando sin llegar a nada antes de que se acabase el partido. Esto puede ocurrir a menudo. ¿Hay alguna sistema eficaz para construir modelos de juego que puedan adaptarse más rápidamente al partido?

Uno de estos procedimientos consiste en atender al deseo del otro. Mientras que a menudo uno se descubre a sí mismo diseñando estrategias para marcar goles o regatear mejor, vale la pena pararse a pensar qué pueden necesitar mis compañeros. En Japón, tradicionalmente, el sake no se sirve en la propia copa sino en la copa ajena; no se atiende el deseo propio sino el deseo ajeno. Uno mismo queda en suspensión mientras atiende las cuestiones del otro. Se diría que esto puede poner a uno muy nerviosito, pero es sorprendente como atender el deseo del otro incluye a uno en la relación. No siempre, hay gente que no se da cuenta de nada más que de sí misma; más aún cuando están satisfechos. Entonces quieren más, no saben parar. Con otros ocurre todo lo contrario: cuando descubren un gesto que uno ha tenido, entonces lo devuelven. Es el mismo procedimiento que funciona para servir el sake. Uno podría quedarse sin beber en toda la noche si sólo sirviera a los otros, pero la respuesta más sorprendente es que el otro se siente empujado a satisfacer a quien antes ha sido atento. No se trata de una deuda que uno devuelve, sino de una comunidad creada a partir de un gesto. La participación de ambos en una lógica agradable como esta crea entendimiento mutuo, algo que puede ser muy grato para ambos, un fin en sí mismo.

Es a partir de esta lógica como es posible hilvanar teorías que soporten la prueba de la eficacia. El que hace las cosas por sí mismo choca contra el mundo. El que atiende al otro se descubre a sí mismo fuera de las exigencias que uno mismo puede ponerse a sí mismo cuando se trata de buscar placer. Se descubre en diálogo con el otro, olvidado de la tiranía de satisfacerse a sí mismo. El jugador bueno es el que ha olvidado encontrar las satisfacción en sus propias jugadas.

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