El fútbol, la belleza y las palabras

En el campo hay dos formas para legitimar lo que uno hace. La primera tiene que ver con gestos que, como el aplauso al final de un concierto, devuelven al participante al grupo; éste se había embarcado en, digamos, una jugada individual en la que no contaba con el resto del equipo, y si la acción termina en gol, se produce automáticamente un consenso que legitima las jugadas del chupón. Este tipo de legitimación supone que la jugada no es del todo aceptable en el campo, pero al alcanzar un fin que beneficia al equipo, éste hace el esfuerzo de tolerarla. En definitiva, se trata de jugadores cuyo comportamiento individual no es del considerado con el resto del equipo, pero cuyas acciones son legitimadas al alcanzar el beneficio para la comunidad; algo así como un déspota ilustrado. Puede detestarse al individuo, pero cabe poca protesta si uno es beneficiado por sus acciones.

Cuando se alcanza la meta que beneficia a todos, la jugada es automáticamente validada. Es posible, sin embargo, que uno, por dentro, no deje de sentir un perpetuo desagrado por estar aguantando a quien no repara en el resto de jugadores. El chupón es un egoista que sólo piensa en sí mismo y que legitima sus acciones haciendolas coincidir con el beneficio de la multitud. Podemos encontrar más figuras de este tipo fuera del campo de fútbol: son los mejoradores de la humanidad (ver Nietzsche). De todas formas, no todos logran estas metas, algunos simplemente fracasan una y otra vez y entonces no hacen sino repetir que su intención era otra, que la jugada ha salido mal pero que trataban de hacer algo distinto. Aquí entra un punto importante: cuando no consiguen sus metas, la jugada no se legitima con el resultado sino con una excusa o una disculpa. Ello quiere decir que se pretendía hacer algo bueno y no se ha conseguido. Supuestamente siempre hay adversidades que no podemos vencer: ya sabemos, yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos. La relevancia de esta serie de excusas reside en que esta forma de justificación que consiste en alcanzar por uno mismo los bienes de la comunidad necesita de todo un sistema de justificación lingüística cuando los bienes no son alcanzados. El chupón que es bueno no necesita decir nada: sus jugadas están en cierta manera justificadas por sus goles. Aquel que no es tan bueno necesita hablar en el campo. Sólo los malos jugadores se dedican a hablar en el campo, los buenos permanecen callados. Esto ocurre porque los primeros justifican sus jugadas de una forma distinta que ya veremos, los malos, en cambio, necesitan aducir razones cuando fallan (esto es, todo el tiempo).

Las excusas de los malos jugadores construyen todo un sistema paralelo que se superpone al juego. Quienes hablan y gritan en el campo están en otra galaxia, no en el campo. Esto ocurre porque el lenguaje tiene sus propias formas de dominación. Podríamos decir con Nietzsche que estas formas son retóricas o musicales. Es decir, la entonación, las metáforas, la ironía, la habilidad en los insultos, todo eso determina la eficacia con la que uno es capaz de influir en la voluntad del otro. El fútbol, sin embargo, no funciona con estos mecanismos.

El jugador que habla en el campo grita para legitimar su lugar. Las jugadas no valen porque no son buenas, así que se enfada con otros compañeros, les grita o simplemente les elogia. Estas son algunas estrategias pero el listado es bien largo. Su lugar en el campo está legitimado por un procedimiento similar al que legitima el lugar de uno en un bar. No es mala idea, pero hay otros procedimientos que tienen que ver con jugar bien al fútbol.

La particularidad de estos jugadores es que al no ser capaz de integrarse en el juego y al necesitar cumplir con metas demasiado altas (tienen que hacer ellos solos lo que normalmente necesita de un equipo entero) sus jugadas siempre les dejan insatisfechos. Su meta se renueva una y otra vez, es siempre igual de alta, pero ellos no llegan a alcanzarla. El problema viene cuando protestan o piden disculpas, pues de esta manera sienten que hubo algo ajeno a ellos que no les permitió hacerlo bien. El problema está en ellos, pero las palabras les permiten deshacerse de la responsabilidad. Piden perdón una y otra vez, y esto les redime del mal resultado, pero el perdón sólo apunta a las consecuencias de la acción, no a todo el egoismo que está detrás. Al referirse solo a las consecuencias están listos para seguir comportándose como niños pequeños.

La segunda forma de legitimación tiene que ver con un sentido contemplativo del juego. Aquí no hay palabras, sino una idea del tipo de juego que se quiere hacer. El anterior tipo de legitimación supone que uno comete excesos en su comportamiento y que llegando a ciertas metas o pidiendo disculpas es posible legitimarlos; la acción, sin embargo, no es agradable para nadie, ni siquiera para uno mismo. Esta otro procedimiento supone cumplir con un cierto ideal. No es necesario entonces la aprovación del otro; aún no siendo interesante la jugada, uno está siendo fiel a cierta forma de juego. Hay una conciencia del juego que se sobrepone a la impulsividad del chupón. Es esta conciencia la que incorpora al otro de manera que uno sabe si está cometiendo un exceso o no. Si lo hace, lo hace conscientemente y por lo tanto no necesita pedir disculpas. El tipo anterior es el que actúa movido por algo inconsciente y que sólo puede volver a la conciencia pidiendo disculpas por lo que ha hecho. El que sigue un ideal, no abandona la conciencia en ningún momento.. En el fútbol, el primero es el chupón, el segundo se acerca a la belleza. Tenemos aquí, por tanto, la belleza como sinónimo de conciencia.

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