El texto y los regates

Hay un síntoma en la lectura que consiste en la incapacidad de colocar un límite. Por ejemplo: leo algo sobre Kant, pero podría leer esto otro y aquello. Lo que leo podría ser complementado por tal montaña de textos que parece imposible asumir la finitud. Uno queda perdido en una sola linea porque no puede abarcarlas todas. En el fútbol ocurre algo parecido: uno baja la cabeza y de la misma forma que uno se pierde en una linea, el otro se pierde en un regate infinito; las piernas de los rivales no dejan de aparecer y es imposible ver más allá de esta sucesión de entradas.

El síntoma consiste en no poder salir de donde están puestos los piés, o en el caso de la lectura, de la línea o la página que nos tiene ocupado. No hay horizonte, o más bien, cuando se mira el horizonte, no hay nada de este que podamos desear. Los puntos de la lejanía son algo a lo que nuestro querer no tiene acceso. Así se pierde en la maraña donde tiene plantados los pies sin poder salir de ella. Para poder caminar es necesario tener un rumbo, aunque éste sea la ausencia de dirección. Pues bien, mi idea es la siguiente: todo esto es síntoma de una misma enfermedad que es cierta forma de sumisión.

El horizonte es el reino del amo. Cuando uno tiene un amo, no se le puede mirar a los ojos, es un desafio. Con muchos animales pasa algo así, por eso te recomiendan que mires al suelo si te cruzas con un oso (no estoy seguro de que fuera un oso, o un lobo… ). Poner límites a en el horizonte permite salir de la pocilga en la que uno se encierra cuando se cobija bajo un amo.

¿Cómo funciona esto? Para el caso del fútbol, atender a las piernas del otro significa que no hay una voluntad de superarlo, sino solamente de evitarlo. En cuanto uno se mueve con un pase en la cabeza o con un tiro a puerta, es decir, con una opción, esquivar al contrario es mucho más fácil. En la lectura, cuando uno lee sabiendo lo que el otro va a hacer, puede ponerse límites. En ambos casos, se supera la vista corta reconociendo los límites del otro. El que se queda donde está es porque no se atreve a superar los límites del amo.

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