Sobre la afección y su ocultamiento

Ya ha dejado de sorprenderme lo capaz que soy de ocultar lo que me afecta, y no sólo me refiero a lo molesto sino lo que me agrada. Hace tiempo leí de pasada algo sobre los neuróticos que decía que prefieren gozar poco antes que gozar. Pués bien, hay una técnica muy interesante para evitar ser afectado por algo, o para ser más exacto, ser seducido por algo, se trata de la representación de estados de cosas, o, en otras palabras, de referir a las cosas. Una estrategia tan simple como esto, es decir, el simple nombrar, es capaz de librar a uno (a un precio) de lo que le afecta.

Cuando a uno le gusta una persona (o una calabaza), hay algo de ese objeto que causa excitación. Es dificil saber exáctamente qué es ese algo, y quizás lo único objetivo sea ese estado de excitación. Lo paradógico de esta objetividad es que no es nada objetiva, es decir, no se refiere a ningún objeto, sino más bien, a la variabilidad, a la excitación que atraviesa a uno. Ante ella uno puede dejarse llevar o escapar. Lo primero consiste en continuar la cadena: algo me excita y sigo hacia donde me lleve esa cadena de excitaciones, es decir, uno sigue buscando lo que le pone (que no tiene por qué ser el mismo objeto siempre).

La otra posibilidad es escapar, ¿cómo? Haciendo aparecer objetos. Entonces se instaura una objetividad que anula el estado de excitación de uno. Es decir, cuando alguien me gusta intento hacer desfilar la lista de objetos que me gustan; intento justificar esa excitación con objetos. Esto lo que consigue es cristalizar lo que antes era dinámico; nombro los objetos y pretendo sustituir la excitación, el fluir, con cosas estáticas. Donde antes había seducción ahora hay un color de pelo, unos ojos, una profesión o una cuenta corriente. Así, se opera la salida del estado de excitación: en lugar de reconocer que estoy excitado digo: me gusta su mano o me gusta su cuello. El cuello y la mano ocupan el lugar de la excitación. El sujeto, que antes estaba descompuesto, es decir, excitado, ahora recobra la cohesión. Los objetos se convierten en el sustento del sujeto. Pero algo así ya lo dice Kant acerca del sujeto trascendental, que haya objetos es posible porque hay un sujeto trascendental. La receta de Nietzsche es una valoración inversa a la de Kant: porque conocemos, hay cosas, Nietzsche lo denuncia como una trampa; estas cosas las inventamos para que exista un sujeto. Lo único que hay son excitaciones, y si ponemos las cosas es para crear un sujeto estable que nos permita salir de este estado que no toleramos.

Los objetos a los que aluden los nombres son un recurso para evitar la seducción, pero ¿a qué precio? Yo diría siguiendo a Nietzsche, el auténtico dolor de los hombres se refiere a la separación de la seducción.

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