Las prisas del desconfiado

Uno puede pasarse toda la vida corriendo con prisas de aquí para allá. Nada más desafiante contra esto que aquel que dice, no tengo tiempo para prisas. Hay algo que se estrecha peligrosamente cuando uno tiene prisas y que sin embargo le permite conseguir lo que desea. Dejan de importar las cosas de los demás, uno puede no solo no atender sino más aún, despreciar las cosas de los demás para subordinar el mundo a los deseos de uno. En las prisas no hay nada más importante que lo que uno quiere.

No se trata, sin embargo, de hacer las cosas rápido. Las prisas no son lo mismo que la rapidez. El que hace las cosas a gran velocidad, puede sin embargo estar atendiendo a las cosas de los demás. El que tiene prisas es alguien que estrecha el mundo hasta ver sólo lo que le afecta a él, lo que él quiere. Las prisas reducen el mundo a lo que uno desea, dejando fuera a todos los demás. Se trata de querer ver solo lo que uno persigue. El que tiene prisas reduce el mundo al espacio de su egoismo. El mundo del que tiene prisas es el mundo de un egoista que ha conseguido apartar todo lo que no le afecta a él.

Así, las prisas pueden reconocerse como un síntoma de algo más amplio que son esos incapaces de renunciar a lo que quieren para permitir la satisfacción de deseos que no son los de uno. El que tiene prisas es como un niño pequeño que quiere ver satisfecho su angustioso deseo. En realidad, las prisas son la forma que toma el berrinche del niño pequeño en nuestra sociedad. Extrañamente aceptamos a la gente en ese estado de egoismo infantil. No patalean, pero pueden perseguir su satisfacción con la misma estrechez de miras que un niño que patalea cuando quiere un juguete. El mundo de este niño enfadado y el de un adulto con prisas son igual de estrechos, lo justo para darles cabida sólo a ellos.

El mundo reducido a una canica contiene todo aquello que satisface a uno, o dicho de otra forma, cuando reconocemos en el mundo sólo lo que nos satisface, estrechamos el mundo hasta el tamaño de una canica. ¡Sorprendente!, y sin embargo uno puede vivir años y años en este pequeño espacio. Uno puede ir día tras día al trabajo transportado en este pequeño encierro. Toda una tortura a la que uno no puede resistirse. Hay pocas cosas más dificiles de resistir que la llamada de las prisas. Es el niño que uno fue gritando sofocado porque desea y no tiene lo que quiere.

¿Cómo, sin embargo, es posible soportar esta carencia, este estado de querer satisfacción y no poder conseguirla? El problema no es sencillo, pero una vez resuelto, puede parecer de una sencillez enorme; y sin embargo la gente no sale de él. Uno puede reconocer este egoismo en muchos espacios, y la superación en estos contextos puede dar la fórmula, la estructura de lo que ocurre. Una vez conocido esto, quizás pueda ser fácil transladar el modelo a nuevos ámbitos.

En el fúbtol el problema es el de los chupones. Si por la mañana hay quienes tienen prisa, en el fútbol, estos son unos chupones. No pueden pasar el balón porque tienen que hacer su jugada, su pase o su movimento. Resulta tan dificil de entender qué pretenden estos chupones como dificil es entender qué motiva a alguien con prisas. Y sin embargo no es nada más que la satisfacción de algo suyo que no están dispuestos a compartir. Las prisas atienden a la satisfacción de algo que no es comunicable. Hasta tal punto el niño rabioso es egoista, ni siquiera puede compartir su inquietud. Está bien, quiere el juguete, pero no está dispuesto a hablar de que quiere algo: solamente lo pedira y gritará.

El futbolista, sin embargo, puede reconocer el algún momento que le gusta hacer jugadas bonitas, o marcar goles; puede estar dispuesto a reconocer sus ansias y entonces puede ser que descubra que el otro también comparte estas inquietudes. Pueden compartir sus ilusiones y frustraciones, jugadas en las que no les gusta recibir el balón, desmarques que les gusta repetir,etc. Como por arte de magia, al poner palabras a todo esto, las ansias de uno dejan de ser una cosa privada y se convierten en algo público. Como las palabras uno puede utilizar el nombre del otro sin estar ceñido solo a su propio nombre.

Esta apertura de lo que es uno, sin embargo, exige una renuncia importante: uno deja de perseguir su propio nombre, su inquietud, para convertirla en algo público. Entonces lo que es de uno quizás ya no sea satisfecho como puede ocurrir en las prisas. El mundo deja de estar reducido a la satisfacción de uno. Aparecen los nombres de los demás. Es divertido, porque uno puede pronunciar los nombres de los otros, no sólo el propio. Para quien tenía prisas no hay nada más angustioso y menos importante en el mundo que el nombre del otro.

Esta nueva accesibilidad a lo que es de uno que se convierte así en algo público exige dos cosas: primero que el otro no esté encerrado en prisas. Hay pocas cosas que defraudan tanto como confiar en un niño pequeño, en alguien que está encerrado en su vida y no ve más allá de una canica. El movimiento de apertura tiene que ser simultaneo. Uno puede abrirse y aguantar un poco, pero si el otro no cambia, uno puede estar dispuesto a abandonarlo pronto. Por otra parte, me imagino que esta es la espera propia de los padres: que el niño descubra que el mundo es más amplio que sus necesidades.

El nuevo mundo compartido exige, en segundo lugar, de confianza. Cuando uno comparte su nombre con el otro, se pone en manos del otro. Alguna vez he trabajado delante de una cámara: uno se pone a merced del fotógrafo. Éste le dice lo que tiene que hacer. El modelo se pone en manos del fotógrafo. De manera análoga, cuando pasas el balón a un jugador en un partido de fútbol, le pasas algo más y es la capacidad de decidir sobre el resto de compañeros en el campo. Pasar el balón exige confiar en el otro. De la misma forma, entregar el cuerpo de uno al otro, exige la confianza en el otro. Quien tiene prisas nunca confía porque sólo atiende a satisfacer el mismo sus propias ansias. El otro no sirve. El que ha salido de las prisas y pasa el balón, confía en que el otro pueda hacer algo no egoista con el balón. Una jugada individual no tiene por qué ser egoista, puede ser otra forma de compartir. Masturbarse en presencia de otro no tiene por qué ser egoista. La cuestión de las prisas y del egoismo pasan por reducir el mundo para excluir al otro. Ninguna de estas dos actitudes tienen por qué excluir al otro; al contrario, pueden ser muy consideradas para con el otro. Una jugada individual mía en un momento puede terminar en el gol que eleve el ánimo de quienes me acompañan; lo mismo para el que se masturba.

Hacer público las propias ansias quiere decir que uno renuncia a satisfacerlas por sí solo y acepta incluso satisfacer antes los deseos del vecino que los propios. Así que a lo mejor cedo mi sitio en la cola de la carnicería a la señora de al lado porque parece que va un poco más justa de tiempo que yo. El problema de esta confianza es que uno se expone y entonces resulta vulnerable. Uno puede acceder a ponerse delante de un fotógrafo o puede ir a la cama con alguien, pero si entonces el otro, desde su posición de poder no se baja de su burro y sigue buscando su egoismo, todo puede ser bastante aburrido. Los egoístas ven reducido su mundo al mundo en el que pueden satisfacerse, pero cuando alguien abre una parcela para compartirla, no dudan en expoliarla como hacen en el espacio de su mundo. El tirano extiende su tiranía allí donde se lo permiten.

Salir de las prisas a menudo supone mantener una distancia desde la que contemplar como unos y otros intentan sacar partido de eso que uno ha cedido de sí mismo. Como un malecón se arrojan sobre uno las olas como las ansias de los egoistas. En cualquier caso, no está mal empezar por reconocer a las angustia de ver cumplidas los propios deseos, la satisfacción que otros pueden buscar y cuya angustia es igualmente frustrante.

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Una respuesta to “Las prisas del desconfiado”

  1. Slow Madrid Says:

    He estado leyendo su blog, sin prisas, nunca antes me había parado a pensar sobre este concepto. Me ha mostrado como las prisas estrechan el mundo de quienes las alegan de modo rutinario y como se pueden asociar a formas camufladas de egoismos infantiles. Me ha quedado menos claro como puede uno combatir las propias prisas, aunque en ello estoy y trataré de persistir en el empeño.
    Un Saludo

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