La conferencia y la comunidad

Hay conferenciantes más compulsivos y hay otros que parecen siempre mucho más conscientes de lo que dicen, como si siempre estuvieran guardándose algo para ellos. Conozco a algunos que siguen la primera estrategia: son los que se entusiasman y empiezan a hilar ideas una detrás de otras, un auténtico chupón del fútbol subido a la mesa de conferencias. Es la inspiración, son tocados y arrebatados comienzan una sucesión de figuras, de relaciones que termina por arrebatar al espectador. Esto sólo es agradable cuando hay talento, entonces, lo más agradable es dejarles hablar.

El que se arrebata, el que se deja llevar, corre siempre el peligro de no tener talento, de que lo que dice no vaya a persuadir al auditorio, en cuyo caso, la pulsión a la que se ha entregado al terminar el discurso no dará paso a ningún cálido acogimiento del conferenciante. Como una mala obra de teatro, el actor, después de entregarse a su papel encontrará un escenario vacío y ningún aplauso. Encontrará volver a su identidad tan desagradable como volver a la patria después de una derrota. Cuando se es impulsivo se corre el riesgo de arruinar por momentos la propia vida. El hombre intuitivo sufre más a menudo y cuando sufre, sufre más.

En las conferencias, el conferenciante, como el jugador de fútbol, es investido de un poder especial: los demás se entregan a él, de forma que de su acción dependen los demás. Habitualmente cada uno defiende los límites de su persona de forma que le es posible decidir quien entra y quien no entra, quien puede inmiscuirse y quién no. En la conferencia y en el campo de futbol, los otros jugadores dan el balón a uno para que este decida la jugada por todos. El conferenciante es investido con un poder especial.

¿Qué hará ahora el conferenciante? Su poder es el de la palabra. Hay dos opciones en relación al control que haga. La palabra puede ser controlada o puede dejarse libre. Lo primero es ser un conferenciante impulsivo, lo segundo es construir algún tipo de autocontrol. Para el conferenciante hay un vértigo que se corresponde con el poder que tiene. En tanto que puede hacer con los otros lo que quiera (puede decirles lo que quiera porque ellos se lo están permitiendo), puede terminar diciendo cosas que no son las que aquellas para lo cual le han dado potestad los oyentes. Por lo tanto, en una conferencia hay alguna ley: el mensaje deben decirlo los oyentes pero por boca del conferenciante. Uno no puede entregarse a decir lo que quiera porque hay una ley: debe hablar para los oyentes, no puede decir cualquier cosa. SI uno tiene talento, puede entregarse impulsivamente a la palabra confiando en que las musas lo lleven por buen camino.

El problema de ser impulsivo es cómo después uno será recibido por los oyentes. El aplauso es una forma de invitar al conferenciante a volver al espacio de la palabra para que se una de nuevo a la comunidad. Ser impulsivo es salirse del habla que comparten en la comunidad, y el retorno se hace a través del aplauso. Si no hay un aplauso capaz de reincorporar al conferenciante a la comunidad, este habrá fracasado. Por la mala gestión del poder que se le ha entregado, acabará excluyendose de la comunidad. (QUizás tenga algo que ver con esto el hecho de que Platón echara de la ciudad a los poetas!)

Evitar depender de ese retorno a la comunidad pasa por autocontrolarse. En tanto que uno no sale de ella, no depende del aplauso para volver.

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