Confesión y estados de cosas

Me llega un mensaje en medio de la noche justo después de dejar un bar de camino ya hacia mi casa: -Sólo saber… somos solamente amigos?-. Esperaba poder contestar con alguna evasión, pero después opté por utilizar el lenguaje para decir lo que éramos. El problema es que decir lo que se es obliga a obviar que efectivamente es algo que se dice. Esto es, cuando ella y yo hablamos lo hacemos dentro de un esquema más o menos seductor, tratando de distraer al otro. Así hay giros y giros, metáforas, susticiones, giros temporales, etc. Todo introduce una pizca de malentendidos, de confusión, y así pasan los días.

No hay descripciones, y sobre todo, no hay descripciones sobre nosotros. Hablar de lo que le pasa a “yo”, lo que le que quiere “mi” o lo que le duele a “mi cabeza” es aburrido. No da mucha opción al diálogo: uno cuenta lo suyo y no hay mucho más que hacer. Es lo que yo llamo confesión. Uno confiesa y ¿qué se supone que puede hacer el otro? Evidéntemente hacer burla de esa confesión, o … cambiar de tema. A nadie le interesan los dolores de cabeza del otro.

Esta forma de hablar, la confesión tiene una característica: es representativa. Trae a escena un estado de cosas: el del dolor de mi cabeza, el de mi gusto, o el de mi yo. Tiene la particularidad además de que sobre lo que se discute, sólo puede hablar uno. De mi cabeza sólo hablo yo, y lo mismo de mi “yo”. De tal forma que la conversación se convierte en una economía donde una de las partes tiene el monopolio de cierto producto. El libre mercado prohibe los monopolios, la normas de la conversación deberían prohibir la confesión en el diálogo.

Pues bien, a la pregunta de si lo que tenemos es una relación de amistad o no, qué decir? Creo que una amistad es más interesante cuando menos se recurre a la confesión (aunque puede haber confesiones no tanto para representar un estado de cosas objetivo, como para mofarse de aquello de lo que informa, esto me perece más interesantes). Por lo tanto, una vez introducida el ánimo de confesar, queda poco que hacer. Parece que las partes prefieren la descripción a la seducción, que han perdido el placer de hablar.

Pero más aún, el problema de llamar a los estados de cosas, el problema de preguntar si somos amigos, no es otro que el de pretender hacer cristalizar una instancia imaginaria, un tú, un yo, lo que sea, con una determinada forma. Lo que en un caso se mueve con seducciones ágiles, pretende encadenarse en la figura de un yo amigo o un yo novio o un yo rollo. La pregunta por lo que somos, el decir representativo, no hace sino atrapar el devenir, esposar la persuasión a cosas inexistentes. La persuasión sigue existiendo, solo que nosotros intentamos resistirnos. De nuevo acerca de la seducción: si te entregas es malo, pero si te resistes es peor.

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