El luchador: el goce de cumplir con el deseo del otro.

Hay un luchador que pasa de la vida en el mundo porque le hace daño y sin embargo encuentra las peleas en el ring mucho más vivificantes. No sólo el dolor de los golpes no le baja los humos, sino que más aún, le hacen adicto. Los golpes suaves que se barren el mundo contidiano se convierten para el en reveses que no puede aguantar.

En la lucha se ha encontrado como luchador y esto le resulta mucho más reconfortable que los golpes en la cola del supermercado o que los reveses de cualquier comentario. El luchador reconoce la lucha como algo claro y sin reveses cuando pelea en el ring. Los golpes que uno recibe en la lucha son vistos como golpes, esto es algo claro. En el mundo normal, sin ser anunciados los golpes, son recibidos una y otra vez; encajarlos es una cuestión de boxeo. Pero el entrenamiento es el del cálculo y el resentimiento. A diferencia de las peleas en el ring, un golpe no es un golpe. Las acciones son amplificadas según complejas ecuaciones de introspección, de forma que un error se convierte en un golpe mucho más duro que un golpe en el ring. En las peleas hay golpes de cuerpos que chocan, en el mundo no hay cuerpos, pero uno atiza y es igualmente atizado por todo lo que haga, aún sin llevar dentro ningún ánimo belicoso. Mientras que en el ring uno pega a voluntad, en el mundo la violencia es anterior a lo que uno decida: va a doler hagas lo que hagas.

Así el deseo del luchador en el mundo normal es un deseo peligroso de perseguir: no se trata de seguir el instinto, de moverse con lo acontecimientos sino de apartarse de ellos y no mezclarse demasiado; de mantener una distancia. En la lucha, el sentido viene de los golpes, del encuentro físico, ahí se conoce al otro; pero en el mundo el sentido viene de la distancia, de ese desierto en el que uno permanece y al que nunca puede acceder nadie próximo.

El luchador encuentra así un deseo mucho más intenso que la distancia del desierto. Pero al perseguirlo y al entregarse a la lucha no puede dejar de habitar el mundo. Tras la lucha vuelve al vestuario con los demás luchadores a vestirse con su ropa de calle. Vuelve al mundo, pero por él pasa como un espectro. Sabe lo que es la proximidad del cuerpo a cuerpo y el clamor de los espectadores, y también sabe que en la distancia del mundo lo que se juega es bien distinto. En ese inhóspito espacio uno puede aspirar hacer bien sus cálculos para dosificar bien el agua de la jornada y no quedarse seco antes de que termine el día, pero no hay resto de la emoción de la lucha. Así, perseguir el encuentro es algo que obliga a forzar la vida en el mundo. Llegado un momento los caminos se separan: o uno sigue la vida del ring, u opta por la conservación en el mundo. Entonces el luchador opta por la vida en el ring. Es evidente que con tal decisión la vida en el mundo no puede alargarse demasiado. Para el que no conoce este deseo que prefiere el luchador, su caminar en el mundo es confuso; recuerda a una descripción que hace Larence Durrell:

En este mundo hay seres condenados a la autodestrucción, y ningún argumento racional influye en ellos. Justine me hacía pensar siempre en una sonámbula que avanza peligrosamente por la cornisa de una torre; si se le grita para despertarla, hay el peligro de que se desplome. Lo único que sabía hacer era seguirla en silencio, confiado en alejarla poco a poco de los negros precipicios que flanqueaban su camino.

Estos fantasmas andan por el mundo sacrificando su vida con razón de alguna práctica que a todas luces no merece el precio de la vida. Pero hay un motivo para este aparente sacrificio, su deseo normal en este mundo, su instinto de conservación es más destructivo que la propia destrucción en la que están empeñados. En definitiva, destruir su vida es lo más parecido que pueden hacer a preservarla. Cada minuto que deciden preservarla estallan dentro de ellos los ecos de sus errores, de sus incapacidades, de sus debilidades. Lo más seguro para ellos, es no desear en este mundo y desear en el único que saben. En el caso del luchador y de muchos otros, los mundos que dominan, la única forma de desear que conocen termina por ser incompatibles con la preservación. Alarga la vida, si, pero a precio de marchar directos al precipicio. Todo esto recuerda a otro personaje: un maltrecho perfumista cuyo persecución de su propio deseo no hacía sino colocarle en el lugar de quien es rechazado, no hacía sino mostrarle que no tenía lugar. Buscar su lugar en el mundo, desear, no hacía sino mostrarle que en este mundo no hay lugar para él. Su deseo es exclusor, lo saca de la relación con el otro. Para él desear en el mundo de los otros conduce a la revelación de que debe marcharse. Así, tanto Grenuille como el luchador deciden dejar de desear: que deseen los otros. El luchador encuentra en esa forma de desear su final en el mundo y también el perfumista. A fuerza de no desear y de cumplir el deseo del otro acaban descubriendo la tragedia: el único camino en el que pueden andar con el otro es el que les conduce a la muerte. No hay nada que uno desee más que el sacrificio del otro. El que no puede vivir en la independencia que le da su propio deseo y se dedica a saciar el de los otros, pronto ve la muerte al final de su camino. Aunque siempre está ahí, la muerte no es deseada abiertamente.

El perfumista se dedicó a crear un perfume que atrajese el deseo de todos. Quería ser el objeto de deseo de la multitud. EL luchador también se dio cuenta de algo parecido, cuando está en el ring es capaz de hacer realidad el deseo del público, puede cumplir con los vítores de la grada: “-mátalo!, mátalo!”. Lo que no se atreve a gritar el público lo saben el perfumista y el luchador: “-mátate!, mátate!”.

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Una respuesta to “El luchador: el goce de cumplir con el deseo del otro.”

  1. denise Says:

    me ha gustado mucho el articulo felicitaciones es excelente

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