Nietzsche: el consenso del concepto

Uno puede va por la calle y se fija en alguien, una mirada, un gesto, algo capta la atención. Yo entiendo que esto es a lo que Nietzsche se refiere por intuición. Un deseo repentino, como un relámpago. A veces más fuerte, a veces menos. La atención de uno gira hacia ello con más o menos interés. Entonces, uno puede perseguirlo, querer tenerlo aquí y ahora, o puede reservarse. Lo primero sería lo que Nietzsche llama el hombre intuitivo. Uno se acerca y actua. No hay apenas meditación, es inmediato. ¿Qué ocurre con esto? Que uno se puede quedar sin su objeto intuido, puede ser reprendido, o quizás no. Nietzsche dice que el hombre intuitivo “sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez con la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo”. Por otro lado, uno al encontrar eso que le ha interesado, puede mantener una distancia. Esperar un poco, mirarlo un poco más, pensar con algún detenimiento qué es lo que le gusta, mostrarse entero, en definitiva, uno puede fingir. Es una forma de autocontrol que permite calcular la respuesta, ordenarla, acompasarla con las normas sociales, con la contención del entorno. Con esto, el hombre estoico, tal como lo llama Nietzsche, no hace sino convertir esa primera intuición de algo que le atraía, esa mirada, en algo que no necesita ser actuado con inmediatez. Hay una pausa, una tregua que permite preparar la reacción. Ésta por tanto tomará una cierta forma de consenso. Se prepara teniendo en cuenta otras cuestiones, minimizando quizás las molestias, buscando emanciparse del engaño, tratando de protegerse de las incursiones seductoras. En definitiva, el impulso inicial que llamaba a ser actuado inmediatamente es convertido en un concepto. Y esto ocurre según un consenso, según un cierto fingimiento, pues lo que ahora se actúa nada tiene que ver con la inmediatez primera. Construida tal estructura, se olvidaría lo original, aquel impulso que llamaba a la inmediatez. El concepto no sería sino el pacto que permitiría olvidar, enterrar el impulso. Tal concepto no sería entonces una relación con la que originalmente resultó interesante, seductor, sino más bien con todo el resto tranquilo del mundo. Se pierde en intensidad, se gana en estabilidad. Pero esto no es más que un consenso, un juego de fuerzas. Una huida y un miedo del impulso. Donde hay concepto, hubo temor.

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